Imagina unos padres durmiendo en su dormitorio. De repente se despiertan con el llanto de su hijo. Se miran, van a la habitación del niño, y le tapan la boca con un esparadrapo. Después cierran la puerta de la habitación del niño, y la de su propio dormitorio. Acto seguido se ponen unos tapones en los oídos, y se sonríen mutuamente al comprobar que ya no se oye el llanto de su hijo. Y se echan a dormir plácidamente.
¿Qué te parece? ¿Y si fueras tú uno de esos padres? ¿Y si fueras tú el niño? ¿Y si descubrieras que tú te estás haciendo esto a ti mismo?
Esto puede ocurrir por ejemplo cuando te duele la cabeza y te tomas un analgésico sin investigar qué está pasando. ¿Cuál es nuestro concepto de salud? ¿Nos importa estar sanos, o que no nos duela nada? ¿Es lo mismo salud y ausencia de síntomas? ¿Es necesariamente malo el dolor o los síntomas? Antes de intentar responder, quiero presentaros a alguien.
Este fin de semana he conocido en un curso de coaching a un tío fantástico. Marcelo Ruíz, doctor en quiropráctica. Ahí va un vídeo sobre cómo trabaja él (en el enlace, también podéis leer más sobre qué es la quiropráctica y cómo funciona).
Además hoy he asistido a una muy ilustrativa y divertida charla suya sobre la salud, sobre las creencias acerca de ella, y sobre cómo la quiropráctica puede ayudar a estar sanos. Marcelo y yo pensamos cosas muy parecidas. ¿Te has planteado tú cómo estás de salud?
En nuestra cultura estar sano suele equivaler a “no me duele nada“. ¿Sabes que a la mayoría de personas que les detectan un tumor, no les dolía nada? ¿Sabes cuánto tiempo puede pasar desde que se te pica una muela hasta que te empieza a doler? ¿Sabes que el día anterior a que te dé un infarto, tampoco te duele nada? (Ojo, que no estoy promoviendo la hipocondria). Probablemente no tengamos ni idea de cómo estamos de sanos. Tenemos un concepto raquítico de salud. ¿Es lo mismo no estar triste, que ser feliz? La próxima vez que nos pregunten ¿Y la salud? quizá respondamos “no sé, no me duele nada, gracias“.
¿Y si nos duele? Muchos de nosotros podemos pensar “¿para qué habrá puesto la naturaleza el dolor en nosotros? ¿Sadismo? ¿Para hacernos sufrir?”
Y como no nos suele gustar sufrir, (bueno, a algunos sí), pues me quito el dolor lo más rápido posible, y fin de la historia. Dejo de escribir un momento, esperad, que voy a ver qué pillo en el cajón de las medicinas (…). Ya estoy de vuelta.
Imagina que a tu coche se le enciende el piloto rojo del aceite (Marcelo, te tomo prestado el ejemplo). Vas a taller y el mecánico rocía tu salpicadero con un spray negro, hasta que la luz roja no se vea, y te cobra 200€. ¿Se ha resuelto el problema? No. Pero ya no ves la luz roja, que era lo que te molestaba. No obstante, antes o después, el coche se parará. Puedes arreglar el coche cuando ya no funcione. O comprarte otro coche. Pero comprarte otro cuerpo, ya es más difícil. Aunque se ve de todo en este mundo. Un ejemplo: tráfico de órganos.
El síntoma es el piloto rojo. La causa no se sabe aún. Puede ser que haya fugas en el circuito, que se haya roto algo, incluso que el piloto no funcione bien. Pero si tapas el piloto rojo, puede que la avería se haga más grande, o al menos, que siga.
Entonces, ¿qué hacemos con el dolor? No estoy diciendo que haya que sufrir gratuitamente. Lo que digo es que el dolor está en el cuerpo para algo. La naturaleza es sabia. Y ha puesto el dolor como una luz roja de alarma. Si sólo combates el dolor, el síntoma, seguirás con el problema, la causa.
Volvamos al concepto de salud. Según la Organización Mundial de la Salud, salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Según la mayoría de nosostros, es ir tirando. En mi opinión, cuando uno está sano, está radiante y rebosante de energía.
¿Cúantos de vosotros habéis ido al médico y le habéis dicho:”Doctor, me siento bien, qué puedo hacer para estar todavía mejor“? Más que interesados en la salud, estamos incómodos con el dolor, y preocupados relativamente por la enfermedad. Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. No promuevo la hipocondria. No. Promuevo el cuidado de uno mismo. Promuevo el mantenimiento.
En esta sociedad que va a toda velocidad, el mantenimiento no está muy de moda. La vida útil de los productos cada vez es más corta. Usar y tirar. Piensa en un móvil. Puede ser más barato cambiar el móvil que repararlo. Y tampoco hay que mantenerlo mucho. Básicamente, no ducharse con él, no arrojarlo contra la pared, no meterlo en la batidora… En un coche, puede empezar a ser más barato hacer mantenimiento que repararlo cuando hay avería. Porque la avería puede ser muy cara. Pero en el cuerpo humano, el mantenimiento siempre es más barato.
Cuando hablo de mantenimiento, no hablo de sólo ir al médico (al taller). Hablo de hábitos. Comida, descanso, deporte, minimizar el estrés, actitud positiva, relaciones personales gratificantes, espiritualidad… Parece la carta a los reyes magos. Porque tenemos cosas más importantes que hacer. ¿Tú crees que hay cosas más importantes que la salud? En teoría es lo más importante. En la práctica, parece que no tanto. Yo creo que la única verdad es lo que hacemos. Si no te cuidas, esa es tu verdad.
El cuerpo humano tiene un sistema de autocuración. Si tienes una herida y la mantienes limpia, acaba por cicatrizar. El sistema nervioso parasimpático se encarga entre otras cosas de la autocuración. Como dice Marcelo, ¿quién es el mejor médico? No, no dice que es Marcelo. No. Somos cada uno de nosotros. Nuestro mejor médico es nuestro propio cuerpo. Sólo hay que dejarle.
Ahí es donde entra en juego la quiropráctica. La quiropráctica defiende cuatro premisas:
Premisa 1: Un cuerpo que funciona correctamente tiene la capacidad innata de auto-recuperación.
Premisa 2: El sistema nervioso (cerebro, medula y nervios) controla todas y cada una de las funciones del organismo.
Premisa 3: Una subluxación vertebral (el pinzamiento de un nervio) interfiere negativamente en el funcionamiento del sistema nervioso.
Premisa 4: La Quiropráctica corrige la subluxación vertebral, devolviendole así la integridad al sistema nervioso y al cuerpo su capacidad innata de auto-recuperación.
Ya sabéis que pienso que no todos tenemos que ir al psicólogo. Y que no todas las prácticas psicológicas le funcionan a todo el mundo. También pienso que no todos tienen que ir al quiropráctico. Y que probablemente no sea la mejor opción para todos. Lo que sí digo es que investiguemos lo que nos viene bien a nosotros. Y ante la duda, una opción puede ser probar primero prácticas menos invasivas y traumáticas, como lo es la quiropráctica. Pero como siempre, depende… Como siempre, prueba.